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miércoles, 2 de marzo de 2011

LA FIRMA

Cuando alguien se entera que soy grafóloga, lo primero que dice es: "desde ahora voy a tener cuidado de no firmar delante tuyo".
Y lo bien que hace! Pienso yo.

Bromas aparte, la firma deja expuesta nuestra verdadera personalidad. Mientras en el texto reflejamos cómo nos mostramos, cómo queremos que nos vean, con la firma, ya no queda espacio para simular.
Si observamos firmas de personajes históricos, de tiempos lejanos, observaremos letras más rebuscadas, con rasgos cargados de bucles, espirales y una serie de aditamentos que las hacen muy "floripondiosas". Sin embargo, raramente dejamos de leer de manera clara, nombres y apellidos de su autor.

 Hoy en día, todo lo contrario, lo raro, lo fuera de lo común, es la claridad. Suelen ser garabatos, enredos, dibujos geométricos o cualquier expresión alejada de la posibilidad de reconocer alguna letra.

¿Qué sucedió?

Ya no se escribe con pluma, con tinta, más bien, ya casi no se escribe. El uso de la computadora nos alejó del manuscrito. Las letras se simplificaron y las firmas se complicaron.

La inseguridad, la comunicación instantánea, todo el conocimiento al alcance de una tecla, no nos da tiempo a procesar todo lo que nos sucede y entonces elegimos protegernos hasta estar más seguros.
Aún quienes no saben de grafología, tienen el conocimiento inconsciente de la exposición que da plasmar nuestro nombre y apellido.

Una vez, un amigo, amante de la actuación, decidió animarse a escribirme unas líneas. Eligió un texto de Shakespeare. Lo hizo con letra imprenta mayúscula bien clara y así firmó cuando lo hizo con el nombre de HAMLET. Además eligió el margen derecho.
Cuando le pedí que hiciera su propia firma, lo hizo a la izquierda usando inciales que podían confundirse con otras letras si no se conociera su nombre y apellido.

Conclusión. Cuando actúo, cuando represento un personaje, cuando juego a ser otro, puedo exponerme. Cuando soy yo, prefiero protegerme.

Silvana Leone
Febrero 2011

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